Capítulo 1

Insensatez, injusticia, solidaridad, humanidad: conozca en esta serie de France 24 las pequeñas historias que se tejen a ambos lados del muro fronterizo entre México y Estados Unidos

Construir un "muro grande y hermoso" en la frontera sur de Estados Unidos, una de las promesas emblemáticas del entonces candidato presidencial Donald Trump. Dos de nuestros reporteros viajaron a través de la región transfronteriza de este a oeste, desde el Atlántico hasta el Pacífico, desde Brownsville hasta San Diego. Un viaje de más de 3.000 kilómetros que ilustra la existencia de fuertes e históricos vínculos, tanto humanos como económicos, que unen a los dos países.






Para la primera etapa de este viaje por carretera, France 24 descarga sus maletas en el Valle del Río Grande, cerca del Atlántico. Aquí, el muro fronterizo ya existe y la promesa de Donald Trump de extenderlo es inquietante. Preocupados por las futuras expropiaciones, los habitantes denuncian una medida simbólica e ineficaz del plan de seguridad.

“Perdí la llave del muro. No sé dónde la dejé”, dice, casi excusándose, Eloisa Tamez. Tener una llave para disfrutar de la otra mitad de su jardín no siempre ha hecho sonreír a esta antigua enfermera del Ejército. Desde 2009, ahí está el muro cortando su propiedad en dos. Tras años de acciones ante la justicia no tuvo más opción que aceptar la valiosa llave y hacer uso de todas sus fuerzas ante el portón oxidado para poder acceder al otro lado.

De más de cuatro metros de altura, la inmensa valla ocre prácticamente disimula la parcela de tierra en la que su padre tenía la costumbre de cultivar maíz, judías rojas o tomates.

 

Eloisa se convirtió en una de las víctimas del Secure Fence Act, votado en el Congreso de Estados Unidos en 2006. Efectivamente, su propiedad de 9.000 metros cuadrados desemboca sobre el Río Grande, el río que separa a Estados Unidos de su vecino del sur, México. Sin embargo, durante los años 2.000 la administración de George W. Bush decidió reforzar la frontera entre los dos países y erigir una barrera. Como los entresijos del Río Grande le impedían seguir regularmente su curso, fue necesario construir este alambrado un poco más adentro de las tierras, recortando las propiedades privadas de cientos de estadounidenses. El muro en el jardín de Eloisa se encuentra a un kilómetro del río.

Cincuenta y seis mil dólares fue en total lo que recibió esta descendiente de Apaches lipanes por la pérdida de las tierras en las que vivía su familia desde hace siglos. Invirtió la totalidad de esta suma en la creación de una beca para estudios en enfermería que lleva el nombre de sus padres.

Instalada en su sala con su perra Reina, Eloisa Tamez cuenta su historia

La historia de Eloisa Tamez está a punto de repetirse. Donald Trump reiteró durante su campaña que mandaría a construir un “gran y bello muro” sobre la totalidad de la frontera entre Estados Unidos y México. En el Valle del Río Grande, donde ya existen cerca de 90 kilómetros de muro, se teme que la Administración empiece a rellenar los huecos.

“Es una tierra sagrada”

La idea estremece particularmente a Ramiro Ramírez. Este patriarca de 70 años quiere proteger la Iglesia metodista de Jackson. Fundada por su tatarabuelo, fue la primera iglesia metodista de lengua española en el valle. “Es un monumento histórico”, explica orgulloso este descendiente de estadounidenses y mexicanos.

El trazado previsto para los nuevos 22,5 kilómetros de muro, anunciado a principios de noviembre, la situaría al sur del próximo muro, entre el río y la barrera. Uno de los cementerios contiguos estaría incluso sobre su camino. “No pueden hacerlo, es una tierra sagrada”, protesta, con un nudo en la garganta.

Para tratar de evitar que esto ocurra, asiste a reuniones con otros propietarios amenazados por el muro. Los abogados como Efrén C. Olivares, quien emigró con su familia desde México a Texas a los 13 años, se han convertido en especialistas sobre el tema. “Hay cosas que se pueden hacer, es posible retrasar el plazo, pero no puedo garantizarles que no tendrán ese muro en su jardín”, les explica a los desilusionados rancheros.

A causa de la explosión de la violencia en México y de los carteles de droga, quedan todavía unos cuantos propietarios de tierras del valle que siguen llamándolo el muro de sus deseos. Este es sobre todo el caso de Rusty Monses, quien estima que el modelo actual no es lo suficientemente eficaz: fácil de escalar e inexistente en muchos lugares, permitiendo el paso de los agricultores de la zona. Este hombre de 70 años construyó entonces sobre su terreno un prototipo de muro compuesto por dos hileras de alambrado paralelas, superpuestas con alambrados de hierro con púas. Según él, este es el único modo para evitar que los clandestinos entren a suelo estadounidense.

Rusty Monses tiene su propia idea de lo que debería ser el muro fronterizo.

De todas maneras, el de Rusty Monses sigue siendo un caso aislado. Entre los habitantes de la región, son pocos los que están convencidos de la eficacia del muro. De hecho, no dudan en burlarse de las situaciones absurdas que su construcción ocasionó. Aquí, atraviesa un campo de golf, aquí un colegio. Un poco más lejos está totalmente ausente. En varios lugares, las reservas naturales se encontraron en medio del no man’s land, entre la frontera natural del Río Grande y aquella impuesta por el muro. “A fin de cuentas, Donald Trump empuja México hacia el norte situando su muro más allá de la frontera”, ironiza Marianna Treviño Wright, directora del National Butterfly Center que lucha contra la próxima construcción de esta muralla sobre su territorio.

Atrapada entre el muro y el río

Pero la situación resulta aún más grotesca. Hay viviendas que quedan a veces al sur de la barrera. Es, principalmente, lo que vive Pamela Taylor, en los suburbios de Brownsville, en el extremo este de la frontera, cerca del golfo de México. Su pequeña casa está situada 200 metros antes de la ribera del Río Grande y a la misma distancia del muro fronterizo…

“Estoy completamente rodeada por el Río Grande. Y, aún así, estoy atrapada entre el muro y el río. Como estoy detrás del muro, no tengo ninguna oportunidad de poder vender mi casa al precio que me convendría. Llamé a un consejero fiscal. Pensé que tendría derecho a una reducción de impuestos. Pero cuando recibí mi declaración habían aumentado. Debía pagar más que antes… Esto solo se ve en Estados Unidos”, se lamenta la británica de 90 años, quien, tras haber conocido a su esposo durante la Segunda Guerra mundial, se reunió con él en Texas en 1946. Por su litigio no recibió otra compensación más que la de ver unos periodistas desfilar por su propiedad para contar su historia. Recolecta las tarjetas de presentación en un tazón de cerámica que preside su sala.

A sus 90 años, Pamela Taylor sigue dejando agua fresca a disposición de los clandestinos y de las fuerzas del orden.

Pamela Taylor no está lejos de ser una paradoja. En 2016 votó por Trump. Para ella, la frontera debe estar asegurada para evitar que los traficantes de droga de la ciudad vecina de Matamoros entren a Estados Unidos. De hecho, atraviesan con frecuencia su terreno. Pero ella aboga más bien por un refuerzo de los efectivos de la policía de fronteras. Aunque la seguridad la obsesiona, no pierde su humanidad. Delante de su puerta pone a disposición de cualquiera una hielera llena de botellas de agua fresca para todas las personas sedientas: granjeros, policías y, sobre todo, migrantes ilegales.

Aunque confundidos, los locales no han renunciado a la lucha. “En este tipo de situaciones uno no puede simplemente encogerse de hombros. Incluso si uno no tiene oportunidad, es necesario luchar”, explica Scott Nicol, activista antimuro que ya estaba aquí en 2006. “Si no lo hacemos el Congreso pensará que es fácil y seguirá haciéndolo. Entre más les provoquemos dolores de cabeza, más pensarán”.

En 2008, Pamela Taylor erigió esta pancarta de protesta: “Somos parte de América. Necesitamos a alguien que nos represente y nos proteja. No un cerco”. Sigue siendo relevante, 10 años más tarde.