El país más grande de América Latina está ante un momento inédito en su historia. Después de la primera vuelta presidencial celebrada el 7 de octubre, 147 millones de brasileños decidirán entre la izquierda o la derecha sin un gris de por medio y con la sociedad cada vez más polarizada.

A la ultraderecha Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal. Desde que se conoció su intención de aspirar a la Presidencia de Brasil ha enfrentado todo tipo de críticas: lo acusan, con pruebas, de homofóbico, machista, racista y de ser un nostálgico de la dictadura militar. Pero nada de eso parece detenerlo. Bolsonaro ha prometido combatir con dureza la corrupción y el crimen, mensaje que caló en el 46 % de los votantes en el primer balotaje. Los números lo tienen al borde de ser el jefe del Estado con el ejército más poderoso de la región.

Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores, es el heredero del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, condenado por un caso de corrupción e investigado por varios otros. Que a Haddad lo relacionen con los pecados de miembros de su partido ha sido uno de sus mayores fantasmas. El rechazo generalizado hacia la corrupción le pasó factura al candidato de izquierda en la primera ronda y ahora buscar hacer el milagro: voltear los pronósticos y romper las encuestas que benefician a su contrario.

El año pasado, más de 63.000 personas murieron de forma violenta en Brasil. Solo en Río de Janeiro se registraron 6.731 casos, la peor tasa de homicidios de los últimos ocho años. Además, hubo un número récord de robos: el total de 2017 asciende a 230.450, es decir, un atraco cada dos minutos. Pero la violencia es solo uno de los problemas que sufre Brasil y que tendrá que enfrentar su próximo gobernante.